Y después de la tierra hablemos del aire. Como ya
hemos hablado de la contaminación de los suelos por las
armas nucleares no insistiremos sobre los terribles casos de las
fugas en las centrales nucleares (escape de gases radiactivos
en 1979 en Pennsylvania, USA; espantosa fuga de gases radiactivos
en 1986 en Chernobil, Ucrania; incendio en 1989 en Vandellós,
Cataluña, con gravísimo peligro que llegó
casi al límite del escape de gases radiactivos y otras
desgracias varias).
Pero sí repasaremos otras graves desgracias que afectan
al aire. Por ejemplo hay dos mil millones de seres humanos
que NO tienen electricidad en sus casas. Es, claro está
un indicador de pobreza. Pero también explica que haya
aún más gente, tres mil millones, que cocinan
y se dan calor con leña recogida por unidad familiar. Con
lo cual aumentan las emisiones de dióxido de carbono (CO2)
y disminuyen los bosques del mundo.
No son ellos los únicos responsables. En los últimos
dos siglos se han destruido seis millones de kilómetros
cuadrados de bosques (algo así como dos veces la superficie
de la India o veinte veces la superficie de España). Y
desde mediados del siglo XVIII (desde el comienzo de la revolución
industrial) ha aumentado un 27% la concentración
de dióxido de carbono en la atmósfera. Un aumento
mayor que al producido en los dieciséis mil (16.000) años
anteriores de actividad humana. Debido a la combustión
de combustibles fósiles como el petróleo y el carbón
que son la base de la industrialización y también
debido a que la eliminación de los bosques tropicales ha
reducido la capacidad de la Naturaleza para absorber el gas mediante
la fotosíntesis. Los óxidos de nitrógeno
aumentaron en un 19% y el metano en un 100%.
Los procesos, además, se están acelerando. De 1956
a 1978, en los 22 años anteriores a la redacción
del Informe del Gobierno USA The Global 2000, que antes
citamos, el área de bosque cerrado bajó de 4.000
millones de hectáreas a 2.750 millones. Aún así,
los redactores de ese Informe, que admitían que las
emisiones de CO2 en 1990 doblarían las de 1975,
formulaban la optimista conclusión de que "los aumentos
en las emisiones de CO2 no tendrán efectos graves".
Pero las cosas empeoraron y la alarma creció. Y empezó
la preocupación por el efecto de invernadero: la
acción de esos gases en la atmósfera que restringen
el reflejo de las radiaciones solares desde la superficie de la
Tierra hacia el espacio exterior, reteniendo así el
calor.
En los 20 años anteriores a 1990 el índice de dióxido
de carbono en la atmósfera aumentó en un 9%, el
de otros gases que también provocan el efecto invernadero
(metano, óxidos de nitrato y CFC) aumentaron aún
más rápidamente. Y sólo el renglón
de aumento de la producción de carne costó la destrucción
de veinte millones de hectáreas de bosque tropical en Latinoamérica.
La Conferencia de Científicos celebrada en Toronto en 1988
sugirió que sería necesario reducir la emisión
de CO2 de ese año en un 20% para el año
2005. Pero prácticamente nadie les hizo, de verdad,
caso. Los poderosos Estados Unidos dieron el mal ejemplo.
E. Donald Elliott, director general de la EPA (Enviromental Protection
Agency) declaró en Madrid, en marzo de 1991, que los Estados
Unidos se oponían firmemente a medidas de reducción
de las emisiones de CO2 "hasta que no hubiese
plena evidencia científica del calentamiento peligroso
de la tierra". Y EEUU eran entonces responsables del
23% de las emisiones. La Unión Europea, que era responsable
del 13% de las emisiones totales tenía previsto que
aumentara su emisión en un 11% hasta el año
2000. Y la entrada en vigor del Mercado Unico hizo subir ese
aumento al 20%. O sea aumentar el 20% en vez de bajar el 20%
como se recomendó en Toronto.
"Dada la situación de crisis que vive el país,
el medio ambiente no es una prioridad para el Gobierno soviético"
dijo en Barcelona en junio de 1991 el representante soviético
en el Programa Geosfera-biosfera de la ONU. Y la ex-URSS y sus
ex-satélites, responsables del 25% de las emisiones de
CO2 en 1988 y productores del 20% del carbón
y del 18% del petróleo mundial en 1990, aumentaron
sus emisiones de CO2.
Como las aumentaron los países del SUR, responsables del
25% de las emisiones, en su intento de industrializarse, destacando
los casos de China (productora de mil millones de toneladas de
carbón en 1990, el 30% mundial) y de la India (199 millones
de toneladas, el 6% mundial).
Hace seis años la hoy Unión Europea se comprometió
a estabilizar sus emisiones de forma que a partir del año
2000 los niveles no superaran los de 1990. Sin embargo la dura
postura del presidente de los Estados Unidos Bush arruinó
el Convenio sobre el Cambio Climático firmado por 144 países
en la 1992 en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro.
Bush se negó a fijar un calendario para reducir las emisiones
de los gases de efecto invernadero y su resistencia convirtió
el Convenio en papel mojado. Rebajando su redacción para
conseguir la firma de USA el texto sólo dice que los países
se comprometen a reducir estas emisiones "a un nivel que
no interfiera con el clima". Como luego veremos el Presidente
Clinton dio un giro radical el 21 de abril de 1993 liquidando
la vieja política medioambiental de Bush. En ese día
asumió el compromiso de reducir las emisiones de dióxido
de carbono para estabilizarlas en el año 2000 al nivel
de las de 1990.
Pero la Cumbre del Clima celebrada en 1995 en Berlín convenció
a 116 países de que no bastaba con estabilizar las emisiones
sino que era preciso reducirlas a partir del año 2000.
El 22 de abril de 1996 la oficina de estadísticas de la
Unión Europea (EUROSTAT) difundió datos según
los cuales las emisiones de dióxido de carbono (CO2) de
la Unión Europea fueron un 2,7% más bajas en 1994
que en 1990. Buenos datos. Que sin embargo matizó la propia
Comisaría de Medio Ambiente de la UE advirtiendo que "el
objetivo de estabilizar las emisiones en el año 2000 no
está garantizado". Porque el descenso más acentuado
se produjo en las emisiones industriales, que pueden volver a
aumentar si la economía se recupera, y porque las emisiones
en el ámbito del transporte no sólo no disminuyeron
sino que aumentaron en un 7,6% de 1990 a 1994, con un pico de
aumento del 13,3% en el sector aeronáutico. Y porque en
la mayoría de los países de la UE (en nueve de quince)
se registró un aumento de las emisiones de 1990 a 1994:
Dinamarca el 18,9% más, Finlandia el 13,9%, Portugal el
13,8%, España el 9,5%.
¡Atención!: a finales de 1995 un importantísimo
hecho respecto del efecto invernadero y de su prevención
tuvo lugar en Roma. Se reunió allí el Comité
Intergubernamental para el Cambio Climático. Y nada
menos que ciento veinte (120) gobiernos se mostraron de acuerdo
en que, a pesar de todas las incertidumbres "las pruebas...sugieren
una discernible influencia humana sobre el clima mundial".
Esas cautelosas palabras equivalen al más rotundo mensaje
llameante en el festín de Baltasar. Son las conclusiones
de dos años de estudios del efecto invernadero.
Significan que los gobiernos aceptan que hay que responder SI
a la pregunta de si las actividades humanas pueden afectar peligrosamente
al clima mundial. Ahora los gobiernos tienen que aplicarse a decidir
qué van a hacer al respecto.
Hay que resaltar que, entre otros descubrimientos proclamados en Roma, el Comité Intergubernamental para el Cambio Climático manifiesta que éste "afectará negativamente a la salud humana, provocando un importante descenso en la esperanza media de vida", especialmente a medida que las enfermedades tropicales vayan avanzando hacia el norte.
El agua es la vida. La malgastamos. Nos quedaremos sin ella.